(De parte de uno que en estas
vacaciones supo lo que significa la paternidad)
Llamadme loco. Llamadme irresponsable. Llamadme ignorante.
Este año tuve solo una semana
de vacaciones y decidí pasarlas... ¡con un niño! ¡Pequeño además! ¡De
tres años y medio!
Y que, por supuesto, no es mío.
No tengo. Y siempre me preguntaba qué se siente teniéndolos. Ahora lo sé: es
una mezcla entre satisfacción e infinito cansancio.
Por partes: mi hermana tiene un
niño precioso, Daniel, que es tan guapo como trasto. Y yo, en parte por
hermano, en parte por curiosidad, me ofrecí al martirio de llevármelo unos días
a la playa.
Ahora conozco vuestros
secretos, papás. Ahora entiendo por qué tantos compañeros de trabajo vuelven
de sus vacaciones con una sonrisa de satisfacción, más cansados de lo que
estaban al marchar. Estos días he corrido más que en mis treinta años, he reído
más que en treinta días, y se me ha caído más pelo que... bueno, eso mejor
no pensarlo. Algún mal nacido le enseñó a Daniel el juego del pilla-pilla y
me ha tocado correr detrás de él más que un futbolista en Alemania.
Algunas veces, por las noches,
todavía me levanto empapado de sudor, oyendo su voz. «¿A que no me pillas? ¿A
que no?»
Lo primero que descubrí con
Daniel es que a los niños hay que cansarles. El primer día no lo hice, y
estuvo saltando cual pelota de goma por todo el piso, hasta que a las doce, se
empezó a poner pesadísimo («quiero ver una peli» «quiero pintar» «quiero
comer pizza»), y, media hora después, cuando estaba buscando el número de teléfono
de su madre, de los bomberos, y de los loqueros, misteriosamente, se quedó
frito.
(Aun respiro recordándolo y
debo confesar que, en ese momento, por primera vez, vi a esa esa criatura que
había venido al mundo para martirizarme por todos los pecados cometidos y por
cometer...y sentí ternura. Antes no había dado tiempo.)
Decidí que a partir de
entonces me iba a implicar a tope en la misión de cansarle. La playa tiene una
longitud aproximada de 2 kilómetros y puedo juraros que la recorrí tres veces.
Luego nos poníamos a saltar. A tirarle piedras al agua. A pegarle patadas a la
pelota.
«¿Estas cansado ya?»
«No, ¡vámonos a por una
pizza!»
Y otra vez a correr, y a saltar
y a reír y nada de pizzas que su mamá lo quiere bien alimentado. Observando al
especimen, me di cuenta que, una vez iniciado ese motor de actividades, ya no
había salida ni marcha atrás: si le decía que me iba a sentar un rato, le
daba igual, seguía corriendo alrededor hasta marearme. Si intentaba entablar
conversación con alguna belleza de la playa, él se ponía a gritar. «¡Quiero
pizzaaaa! ¡Quiero jugar! ¿A que no me pillas?» .
Mi cerebro, en esos momentos,
reaccionaba diciéndome:. «solo tienes que cansarle y serás libre, eso es lo
importante». Así que, como soy consecuente y cuando tengo una idea en la
cabeza ya no me entran otras, cogía los trastos y volvía a perseguir al espécimen
Daniel, dejando atrás toda posibilidad de ligue.
Porque un niño es bonito, es
tierno, y es egoísta. Solo existe él y sus necesidades, y, pronto me di cuenta
de que ya no me era Luis, ese soltero de 30 años que vive para disfrutar de la
vida. Pasé a ser el ser cuya función en esta vida no es otra que la de
complacer las necesidades de un engendro de 3,5 años al cual, a este ritmo, le
queda por delante mucho tiempo de tiranía.
Exagero. Ya. Es que a veces no
queda otro remedio, amigos papás.
Pero, mientras tecleó estas líneas,
me siento un poco mentiroso.
Debo reconocer que me lo pasé
bien. Que este día del que os hablo, terminé con Daniel en la cama, leyéndole
un cuento que acabó durmiéndonos a los dos a partes iguales. Fue bonito vivir
ese momento.
Igual que fue bonito la
sorpresa que me dió al día siguiente Daniel. Se tropezó corriendo en la playa
al encontrarse las piernas de una muchacha guapísima. «¿Es tuyo el niño?»
«No, es de mi hermana, pero estas vacaciones quise cuidarlo».
¡Qué mirada me echó luego,
amigos, qué mirada!
Desde entonces estoy tratando
de adiestrar a este estupendo compañero de fatigas llamado Daniel para que sea
selectivo y sepa elegir sobre qué piernas tropezarse. Al principio protestaba y
le costaba. Pero desde que le doy pizza cada vez que lo hace bien, las
vacaciones han cambiado mucho.
Lo que todavía no sé es si su
madre me perdonará estas libertades a cambio de seguir con el niño unos días
más.
¿Vosotros qué diríais?
Un abrazo, a todos, y mi más
sincero reconocimiento. ¡Sois héroes!
Alberto Iglesias