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Primera Infancia: de 0 a 6 años

Educar los sentimientos, Inteligencia emocional


Curioso. Lo que nos hace felices o no, es la forma en la que percibimos las cosas. Cómo nos sientan. ¿Se puede educar eso?

Pensemos en dos personas: una, es esa mujer mayor, de otra generación, la anterior, un tiempo donde todo lo que cabía esperar es que las cosas no se torcieran mucho y la familia pudiera salir adelante. Ese tipo de mujeres suelen caminar siempre con una sonrisa en la casa. NO es que se conformen con poco: es que para ellas lo importante son unas pocas cosas básicas, y cuando están cubiertas, lo demás no merece la pena su preocupación.

Ahora pensemos en un hijo. No el nuestro, uno cualquiera. ¿En qué se diferencia su carácter del de esta señora? En que es más exigente. En que lo desea todo y lo quiere ahora. En que le costará mucho más sentirse feliz.

Ahora volvamos al principio: ¿se puede educar esto?

No solo se puede. Se debe. Como padres estamos más obligados a que nuestros hijos crezcan con un equilibrio emocional, que a que sean unos fieras en matemáticas.

Por eso está muy bien este concepto inventado no hace mucho: “inteligencia emocional”. Porque para mejorar uno sus propios sentimientos y convivir con ellos hace falta habilidad, maña, inteligencia de la buena. Si puedo elegir, la verdad, prefiero que mi hijo sea un fontanero que sepa ser feliz, a un abogado con mucho coco para los juicios y poco para manejarse en la vida.

Un error muy común es pensar que estos asuntos son tan importantes y graves, y el hijo tan pequeño e inexperto, que no hay nada que podamos hacer. Ya aprenderá con los años. Ya habrá tiempo. Estamos hablando de un proceso de madurez, y ahí siempre hay cosas que podemos hacer para mejorarlo, cosas que, o las hacemos nosotros, o no las hará nadie.

La escuela está para cultivar la inteligencia de conocimientos y las normas de educación. Pero no hay asignatura ni profesor con el suficiente tiempo y empatía como para ver a cada alumno, individualmente, y enseñarle a orientar sus sentimientos. O lo hacemos nosotros, o nuestro hijo tendrá que crecer en este aspecto como buenamente pueda.

El equilibrio, o cómo evitar ciertos desvíos

Madurar sentimentalmente significa tener capacidad para entender a los demás, darle a los problemas la importancia que tienen (ni más ni menos), no hacer una montaña de nuestros defectos, y mucho menos, de los demás, … en una palabra: se trata de orientar la atención de una forma sana.

Paloma se cruzó en la oficina con su jefa, que le hizo una pequeña observación sobre un pequeño error. Solo fue una frase, pero Paloma se pasó las ocho horas de trabajo callada y enojada, dándole vueltas a la frase. “¿Y por qué no me dijo lo bien que estaba lo demás? Siempre igual, me tiene manía. ¡Qué mala es como jefa!”.

Javier y Alicia son una pareja con un pequeño problema: estás descompensados. Él enseguida está a gusto y se dedica a disfrutar, mientras que Alicia es muy perfeccionistas con los demás, está muy pendiente de todos los gestos de Javier, y en cuanto ve algo mejorable, se lo recrimina. Como esto pasa a menudo, al final parece que el único que tiene que cambiar cosas es Javier.

Estos son sólo dos ejemplos, muy corrientes, de cómo nuestra atención emocional a veces nos lleva a situaciones desequilibradas en las que hacemos una montaña de un grano de arena y vemos muy nítida la paja en el ojo de los demás pero no la viga en el propio.

Los niños, en esto, son un ciclón. El mundo, tanto el de fuera como el interno, es nuevo, hay que descubrirlo, y para ello, pueden quedarse mirando la cosa más pequeña durante horas, ya sea una hormiga roja transportando una miga de pan, o un sentimiento de rencor por un compañero que le acaba de quitar la pelota.

Están en la fase de “ensayo y error”: si después de tres horas ven que la hormiga sigue haciendo lo mismo, llegan a la conclusión de que ese bicho es un poco aburrido y pasan a otra cosa. O si, después de montarnos veinte rabietas, se dan cuenta de que no les sirve de nada, empiezan a cambiar de una bendita vez su forma de actuar.

Pero pongamos que no. Pongamos por ejemplo que un compañero le quita la pelota jugando, y que eso sí le lleva a sentir un cierto rencor. Nadie le dice que es equivocado, que es solo una de las cosas del juego, así que el pequeño se va metiendo más y más en ese sentimiento. La cosa puede acabar en pelea, en desconfianza, y, peor aún, en empezar a pensar que todo es culpa del otro, que los demás le tienen envidia.

En este caso el niño está sentando en su cabeza ciertos comportamientos y conclusiones desequilibradas que le llevarán a tener una mala relación con sus sentimientos.

Por eso debemos estar ahí. Conocer cómo siente nuestro hijo debe ser una de nuestras prioridades. Tenemos que observarle y escucharle muy atentamente para advertir si están echando en él raíces esos hábitos que, una vez crecidos, lo van a llevar a la empatía, la humildad y la paciencia, o, en cambio, empieza a repetir respuestas que no le hacen ningún bien.

OjO a las señales

A continuación te dejamos una particular hoja de ruta para que evalúes tu mismo qué grado de inteligencia emocional estás transmitiéndole.

  1. ¿Qué cosas hace tu hijo cuando se enfada? Estos berrinches, ¿son frecuentes o no?
  2. Si tu hijo no tiene algo que desea, ¿cómo reacciona? ¿se pone impaciente, o cada vez acepta mejor que no puede tenerlo todo?
  3. Cuando tiene un problema, ¿se calla, viene inmediatamente a contártelo, o se calla y cambia su forma de actuar?
  4. A todo esto, tu hijo, ¿tiene épocas en las que está más callado? ¿Qué tipo de preocupaciones le llevan a ello?
  5. Le has visto jugar con otros niños de su edad. ¿Qué pasa cuando hay una discusión? ¿Cómo se porta tu hijo? ¿Es el que más levanta la voz?

Recuerda que la clave de todo este proceso es siempre observar a tu hijo, estar lo suficientemente cerca de él como para redirigirle cuando tiene un pensamiento equivocado. Pero hacerlo, tenemos que estar a su lado y verle con sinceridad y honestidad, sin ignorar sus fallos, sin creer ni que “la culpa es de los demás” ni que “es que siempre te pasan a ti las cosas”. El equilibrio emocional no se enseña: se transmite. Por lo que, el primer paso, está en nosotros mismos, en sabernos dirigir a una forma de actuar y sentir equilibrada.

Y es que, para cuidar bien a un niño, primero hay que cuidarse bien uno mismo. ¡Ánimo!

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