Curioso.
Lo que nos hace felices o no,
es la forma en la que percibimos las cosas. Cómo nos sientan. ¿Se puede educar
eso?
Pensemos en dos personas: una, es esa mujer mayor, de otra
generación, la anterior, un tiempo donde todo lo que cabía esperar es que las
cosas no se torcieran mucho y la familia pudiera salir adelante. Ese tipo de
mujeres suelen caminar siempre con una sonrisa en la casa. NO es que se
conformen con poco: es que para ellas lo
importante son unas pocas cosas básicas, y cuando están cubiertas, lo demás
no merece la pena su preocupación.
Ahora pensemos en un hijo. No el nuestro, uno cualquiera.
¿En qué se diferencia su carácter del de esta señora? En que es más
exigente. En que lo desea todo y lo
quiere ahora. En que le costará mucho más sentirse feliz.
Ahora volvamos al principio: ¿se puede educar esto?
No solo se puede. Se debe.
Como padres estamos más obligados a que
nuestros hijos crezcan con un equilibrio emocional, que a que sean unos fieras
en matemáticas.
Por eso está muy bien este concepto inventado no hace
mucho: “inteligencia emocional”. Porque para mejorar uno sus propios
sentimientos y convivir con ellos hace falta habilidad, maña, inteligencia de
la buena. Si puedo elegir, la verdad, prefiero que mi hijo sea un fontanero que
sepa ser feliz, a un abogado con mucho coco para los juicios y poco para
manejarse en la vida.
Un error muy común es pensar que estos asuntos son tan
importantes y graves, y el hijo tan pequeño e inexperto, que no hay nada que
podamos hacer. Ya aprenderá con los años. Ya habrá tiempo. Estamos hablando de un proceso de madurez, y ahí siempre hay cosas que
podemos hacer para mejorarlo, cosas que, o las hacemos nosotros, o no las hará nadie.
La escuela está para cultivar la inteligencia de
conocimientos y las normas de educación. Pero no hay asignatura ni profesor con
el suficiente tiempo y empatía como para ver a cada alumno, individualmente, y
enseñarle a orientar sus sentimientos. O lo hacemos nosotros, o nuestro hijo
tendrá que crecer en este aspecto como buenamente pueda.
El
equilibrio, o cómo evitar ciertos desvíos
Madurar sentimentalmente
significa tener capacidad para entender a los demás, darle a los problemas la
importancia que tienen (ni más ni menos), no hacer una montaña de nuestros
defectos, y mucho menos, de los demás, … en una palabra: se
trata de orientar la atención de una forma sana.
Paloma se cruzó en la
oficina con su jefa, que le hizo una pequeña observación sobre un pequeño
error. Solo fue una frase, pero Paloma se pasó las ocho horas de trabajo
callada y enojada, dándole vueltas a la frase. “¿Y por qué no me dijo lo
bien que estaba lo demás? Siempre igual, me tiene manía. ¡Qué mala es como
jefa!”.
Javier y Alicia son una
pareja con un pequeño problema: estás descompensados. Él enseguida está a
gusto y se dedica a disfrutar, mientras que Alicia es muy perfeccionistas con
los demás, está muy pendiente de todos los gestos de Javier, y en cuanto ve
algo mejorable, se lo recrimina. Como esto pasa a menudo, al final parece que el
único que tiene que cambiar cosas es Javier.
Estos son sólo dos
ejemplos, muy corrientes, de cómo nuestra atención emocional a veces nos lleva
a situaciones desequilibradas en las que hacemos
una montaña de un grano de arena y vemos muy nítida la paja en el ojo de los
demás pero no la viga en el propio.
Los niños, en esto, son
un ciclón. El mundo, tanto el de fuera como el interno, es nuevo, hay que
descubrirlo, y para ello, pueden quedarse mirando la cosa más pequeña durante
horas, ya sea una hormiga roja transportando una miga de pan, o un sentimiento
de rencor por un compañero que le acaba de quitar la pelota.
Están
en la fase de “ensayo y error”: si después de tres horas ven que la
hormiga sigue haciendo lo mismo, llegan a la conclusión de que ese bicho es un
poco aburrido y pasan a otra cosa. O si, después de montarnos veinte rabietas,
se dan cuenta de que no les sirve de nada, empiezan a cambiar de una bendita vez
su forma de actuar.
Pero pongamos que no.
Pongamos por ejemplo que un compañero le quita la pelota jugando, y que eso sí
le lleva a sentir un cierto rencor. Nadie le dice que es equivocado, que es solo
una de las cosas del juego, así que el pequeño se va metiendo más y más en
ese sentimiento. La cosa puede acabar en pelea, en desconfianza, y, peor aún,
en empezar a pensar que todo es culpa del otro, que los demás le tienen
envidia.
En
este caso el niño está sentando en su cabeza ciertos comportamientos y
conclusiones desequilibradas que le llevarán a tener una mala relación con sus
sentimientos.
Por
eso debemos estar ahí. Conocer cómo siente nuestro hijo debe ser una de
nuestras prioridades. Tenemos que observarle y escucharle muy atentamente
para advertir si están echando en él raíces esos hábitos que, una vez
crecidos, lo van a llevar a la empatía, la humildad y la paciencia, o, en
cambio, empieza a repetir respuestas que no le hacen ningún bien.
OjO
a las señales
A continuación te dejamos
una particular hoja de ruta para que evalúes tu mismo qué grado de
inteligencia emocional estás transmitiéndole.
- ¿Qué cosas hace tu hijo cuando se enfada? Estos berrinches, ¿son
frecuentes o no?
- Si tu hijo no tiene algo que desea, ¿cómo reacciona? ¿se pone
impaciente, o cada vez acepta mejor que no puede tenerlo todo?
- Cuando tiene un problema, ¿se calla, viene inmediatamente a contártelo,
o se calla y cambia su forma de actuar?
- A todo esto, tu hijo, ¿tiene épocas en las que está más
callado? ¿Qué tipo de preocupaciones le llevan a ello?
- Le has visto jugar con otros niños de su edad. ¿Qué pasa cuando
hay una discusión? ¿Cómo se porta tu hijo? ¿Es el que más levanta la
voz?
Recuerda que la clave de
todo este proceso es siempre observar a tu hijo, estar lo suficientemente cerca
de él como para redirigirle cuando tiene un pensamiento equivocado. Pero
hacerlo, tenemos que estar a su lado y verle con sinceridad y honestidad, sin
ignorar sus fallos, sin creer ni que “la culpa es de los demás” ni que
“es que siempre te pasan a ti las cosas”. El equilibrio emocional no se enseña: se transmite. Por lo que, el
primer paso, está en nosotros mismos, en sabernos dirigir a una forma de actuar
y sentir equilibrada.
Y es que, para
cuidar bien a un niño, primero hay que cuidarse bien uno mismo. ¡Ánimo!