Carta a las primeras mamás: NACE UN HIJO, PERO TAMBIÉN UNA MADRE
¡Animo, embarazadas!
Dice el chiste que una hija iba
paseando por el parque con su madre, cuando de repente, ve algo en el suelo: un
brillante silbato. La niña, que es pequeña y curiosa como todas las niñas del
mundo, lo coge y justo cuando se lo va a meter en la boca, la madre le para los
pies.
“¿Por
qué está prohibido, mamá?” –dice la niña, a lo que la madre responde:
“Por
que es un objeto que estaba en el suelo, no sabemos de dónde viene, está sucio
y lleno de bacterias”.
Ante semejantes argumentos, la
hija acepta, deja el silbato, pero se queda mirando a su mamá: “Y tu, ¿cómo
sabes todas esas cosas?”
“Porque es algo que tenemos que
saber todas las madres. Nos lo preguntan dentro del examen para mamás.
Si no supiéramos estas cosas, no podríamos llegar nunca a ser madres”.
Después de un segundo de reflexión,
la hija parece aclararse:
“- ¡Ya lo entiendo! Si no
pasas el examen para mamás, acabas convirtiéndote en un papá, ¿verdad?”
Detrás de esta pequeña broma [que los padres nos la
perdonen] hay un pequeño milagro, y es que cuando nace un hijo, nace también
una madre. La forma que tenemos de percibir el mundo, de comportarnos,
cambia radicalmente. Y no, no todo es cuestión de hormonas.
“Música”. Miguel creía
conocer a su mujer perfectamente. Ocho años de relación lo confirmaban, pero
cuando el peque llegó a la casa, se encontró con eso, con música. “De
golpe, mi mujer era capaz de cantar nanas, de adelantarse a un peligro, de
entender como un idioma propio cada uno de los sonidos de nuestro niño”.
Hablan de sentimiento maternal,
de hilos invisibles que unen a la madre con el hijo más allá del cordón
umbilical. Hablan de todo ello, y algo de verdad llevarán cuando, como dice una
frase, “las culturas son diferentes, pero las madres son universales”.
Cambiaremos mucho con los siglos y con las latitudes, pero las reacciones de una
madre en Brasil son las mismas que las de otra en Australia.
Incluso en algunos animales vemos
esas reacciones, ese instinto de protección tan difícil de explicar de una
forma científica. Y es que, con el parto, entramos en un club especial, el
de las dadoras de vida, una comunidad que se extiende por el mundo y por los
siglos.
TANTA ILUSIÓN COMO MIEDO. Eso es lo que se nos mete en el
cuerpo cuando en el cuerpo empieza a crecer alguien. ¿Seré capaz? ¿Seré una
buena madre?
Lo nuevo siempre da su puntito de
susto. Nos pasamos la adolescencia echándole en cara a nuestros padres los
fallos que tuvieron con nosotros, pero cuando nos llega el momento... ¡ay!
La cabeza se nos va a prepararlo todo, y ahí nos ponemos, con la tripita de
cinco meses, y esforzándonos ya por ver cuál sería la mejor universidad, no
vaya a ser que luego las cosas se precipiten.
Estas líneas, estas palabras de
una madre que ya pasó tres veces por esa puerta, que tres veces sufrió hasta oír
ese llanto con el que te cambia el mundo, solo son para deciros una cosa:
TRANQUILAS. Mucho me obsesioné yo misma con la idea de ser la madre
perfecta, pero la madre perfecta no existe. Es un mito. De una forma u otra,
cuando llega el momento todas sabemos lo que hay que hacer, y todas damos lo
mejor de nostras.
TRANQUILAS. Ser madre es entrar en una comunidad en la
que todas estamos aquí para ayudarte, también la naturaleza, que tiene sus
propias y misteriosas formas para decirte al oído lo que tienes que hacer cada
vez. Esta comunidad te apoyará, y esa naturaleza, te guiará. Todo lo que
tienes que hacer es sentirla en ti, creciendo como crece tu niño.
A
veces este tipo de cosas pueden parecer una majadería, pero al tiempo te darás
cuenta. Traer un niño agudiza mucho los sentidos... esta página, sin ir
más lejos, es un trozo visible de esos hilos invisibles que nos unen a todas
las madres. Y también está aquí para ayudarte en todo lo que necesites.
¡Cuenta
con nosotras!
Un
beso, ánimo.
Alegría Falcón, sólo una madre más