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Viena, la elegancia que surgio del frio


No es fácil mantener la compostura, la educación y orden, cuando vives en una ciudad que es capaz de pasar de los -20 grados en invierno a los 30 en verano. Y sin embargo los vieneses son capaces de conseguir eso, y además no dejar de sonreírte si te ven un poco extranjero.

La ciudad de Sisí, del Danubio Azul, y de los bombones de Mozart es un pulcro escaparate de edificios intachables, perfectos, donde de vez en cuando te puede saltar la sorpresa cuando menos te lo esperas, en forma de bar típicamente español, o pub tan cubano que parece que estuvieras en la misma Habana. Tiene sorpresas este viaje. Aquí os dejamos un itinerario para dos días y algunas pistas para los alrededores.

PRIMER PUNTO: Llegamos a Viena, bien por medio de su aeropuerto (actualmente remodelando todos los edificios colindantes, y por tanto, protegido de forma graciosa por un ejército de grúas) o a través de la red de autopistas austriacas. Por el momento, esas son las dos vías más prácticas, aunque dentro de unos años las autoridades finalizarán un proyecto para desarrollar de forma turística la navegación por el Danubio, inmenso río que cruza el noreste de la ciudad, que casi parece un mar y... que contra todo pronóstico, no es azul.

La historia del famoso vals con el que tantas bodas empiezan dice que para el autor de la canción, Johann Strauss, el azul es el color de los que están muy enamorados, y por eso le puso el nombre a la célebre partitura, aunque en realidad el Danubio es más bien gris pálido.

Pero empecemos la travesía por una de esas sorpresas. 

Si en su visita encuentran a simpáticos austriacos bronceándose sobre la arena, no se froten los ojos. Esta gente ha sido capaz de traerse arena desde Italia para formar una playa a orillas del río con la que consolarse de no vivir en otras latitudes más propias de la playa y la toalla.

Gaudí resulta que tuvo su clon austriaco en Hundertwasser, un artista que cambio varias veces de nombre porque pensaba que, como cada uno cambiamos muchas veces a lo largo de nuestra vida, pues si los nombres no se mueven con nosotros no serán fiel representación nuestra. 

El amigo Hundert dejó en la ciudad un emblemático edificio donde la gente vive como en los que dejó Gaudí en Barcelona, además de haber decorado el edificio de una céntrica y rocambolesca incineradora de basura. Para conocer su obra podemos ir al KunstHausWien en el barrio 3.

Sí, el barrio 3, porque en una ciudad con tanto orden los barrios van por números y las direcciones vienen indicando primero ese número. Por cierto, una curiosidad para contar a los niños: la incineradora, quema basuras, y aprovecha el calor de la combustión para generar el calor que necesitan 250.000 casas vienesas. Y calentar una casa en Viena es mucho calentar.

En este mismo barrio podemos visitar el Belvedere Superior, o su hermano chico, el Belvedere Inferior, dos museos aue recogen el arte austriaco de los siglos XIX-XX y de la época del barroco y medievo, respectivamente. En el primero hay que tener en cuenta que está expuesta lo mejor de uno de los más grandes, Gustave Klimt, cuyo genio comparte también con el Museo de Viena. Pero si lo nuestro es la devoción por las habilidades de Rubens, el lugar es el Liechtenstein Museum, en el barrio 9.

Pero puestos a buscar genios, este año toca rendir pleitesía a Mozart, ese prodigio de la música al que le bastaron 35 años de vida para grabar su nombre en la historio. La capital de Austria está este año conmemorando su aniversario por todo lo alto. ¿Cómo recordarle? Pues paseando por las calles vienesas ya nos encontraremos todo tipo de paneles y anuncios, aunque la visita imprescindible hay que hacerla al Museo de Mozart, en el barrio número 1. 

Luego, si tenemos ánimo, podemos ir al cementerio central, en el barrio número 11, donde se encuentran los sepulcros de Mozart, su “amigo” Beethoven, y una banda de amigos llamados Schubert, Brahms, Strauss y demás aprendices de músicos.

Pero, ¿y los niños?
A los niños hay que llevarlos, obligatoriamente, a los siguientes sitios:

=> NORIA GIGANTE. Es uno de los símbolos de la ciudad. Los cinéfilos al verla recordarán una famosa escena de la película El Tercer Hombre, de Orson Welles, que se rodó en estas instalaciones. En su momento fue la noria más grande del mundo, aunque hoy “sólo” es la segunda, detrás de la de Londres. Se puede subir e incluso, coger el caprichito de reservar uno de sus “vagones” mejor amueblados para comer o cenar en él. La visita puede ser amplia, porque además de la noria, hay todo un parque de atracciones, y además del parque de atracciones, hay todo un parque, inmenso y espectacular, que antes era de uso sólo para reyes y nobles. ¿Dónde? En el barrio número 2, en el Prater. 

-> MUSEOS PARA NIÑOS. Sí, es posible juntar la palabra niños y la de museos en una frase sin que se rompa todo. Para ello está:

o La experiencia Schloss Schonbrunn: un lugar donde los niños son arrancados de nuestro tiempo para meterles en el auténtico mundo de reyes e imperios, con sus monóculos, trajes y pañuelitos bajo la manga. 

o Museo de muñecas y juguetes: en el barrio 1 tenemos esta buena idea con entretenimientos de todas las épocas. Y con eso de todas las épocas está incluida hasta la nuestra.

o ZOOM Museo Infantil: Este es un museo preparado sólo para una élite, un grupo escogido que cumple una condición: tener menos de 14 años. Pero como por Viena hay muchos sujetos cumpliendo con este canon, es harto recomendable reservar con antelación en su web o en el teléfono 524.79.08

=> Laberinto clásico y nuevo: ¿cuántas veces hemos visto en películas esa especie de laberinto hecho de setos? Pues aquí tenemos la oportunidad de saltar al otro lado de la pantalla y ver cómo salir de uno de estos es más complicado de lo que parece.

=> Pero como no sólo de visitas vive el niño, para los que se sepan comportar hay premio: ir a media tarde al famoso Hotel Sacher, en el centro de la ciudad, y probar su mundialmente famosa tarta. La ración ronda los 6 euros, pero es una experiencia inolvidable. Por cierto, que si no podemos ir a merendarnos un pedazo, tampoco nos dolerá su desayuno, que está a la misma altura.

PARA ORGANIZAR LA VISITA tenemos que coger como centro neurálgico la Catedral de Viena, un espectáculo en sí mismo que reina en toda la zona vieja de la ciudad. Sus tejados, con el símbolo de los antiguos monarcas, impone. Desde allí, además, podemos darnos el lujo de recorrer todo el casco antiguo montados en una de esas clásicas calesas tiradas por caballos y caballeros. Otra opción es recorrer el extenso bulevar comercial, que aterriza a las puertas de la catedral. 

PERO NO PODEMOS ABANDONAR LA CIUDAD sin hacer dos vistas. La primera es para ella, la más bella y delicada, la mujer que tanto espacio a ocupado en nuestra imaginación: la emperatriz Sissi. En el barrio 1, no hace falta preguntar mucho. Basta con decir “Sissi” y la gente ya nos indicará hasta los Apartamentos Imperiales y el Museo de la señora emperatriz.

La segunda visita, LA ÓPERA DE VIENA, que tiene una delicadeza con los turistas que son capaces de visitar la ciudad sólo por ella. Parte del mito de este recinto se debe a que todos los días hay funciones, pero es que además, nunca se repiten. Así que si somos unos apasionados del género, podemos ir un todos los días de la semana y gozar con siete representaciones distintas. Como dicen en el bingo, ¿alguien da más?

NOTA PRÁCTICA PARA EL VIAJE: En este tipo de países, no te extrañes si el cambio que te devuelven en un bar o con un taxi no se corresponde exactamente con el precio. Aquí la gente no suele incluir la propina en el precio, pero dan por sentado ese trámite y consideran de muy mala educación no cumplir con él. De hecho, en la mayoría de los sitios, la propina puede llegar a representar hasta la mitad del sueldo que junta un camarero a fin de mes.

UNA BUENA IDEA: Si ves posible realizar las gestiones por Internet, no es ninguna locura plantearse alquilar un apartamento para una semana y saltarnos el hotel. En esta ciudad el 25% de las casas están en posesión del ayuntamiento, lo que ha rebajado los precios del alquiler hasta unos niveles que, incluso a nosotros nos pueden parecer asequibles: el alquiler por metro cuadrado en la capital de Austria ronda los 8 o 10 euros al mes.

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