Antes de poner cara rara ante éste título, pregúntale a tu hijo si alguna vez, en el cole, no le han dicho que se tumbe sobre una colchoneta, que cierre los ojos, que respire despacio, y que imagine que se está hundiendo en una blanda nube, lentamente, poco a poco.
Este tipo de ejercicios que te dejan suave como la seda están al alcance de los niños, y la mayoría de profesores lo saben bien.
Se trata, simplemente, de orientar la mente, de concentrar al niño y sugestionarle para que, desde su cabeza, llegue hasta ese estado de tranquilidad y equilibrio al que le queremos llevar.
Algo así es el yoga, una cosa que los entendidos suelen explicar como “técnicas que te sirven para unir en armonía el cuerpo y la mente”. ¿Nunca te ha ocurrido que de repente tu hijo se dispare, se sobreexcite, y nos monte un numerito del que no hay forma de bajarle? Pues el Yoga puede ser una buena solución para ello, para equilibrar un poco esos arranques.
¿Dónde encontrarnos con este tipo tan interesante llamado Yoga? Pues o bien, en el libro “Los yogas Sutras de Patánjali”, auténtica Biblia del movimiento, o en el libro “El Yoga para niños”, del experto en la materia Ramiro A. Calle.
Pero aquí os ofrecemos algunos consejos.
¿POR DÓNDE EMPEZAR? Por eso que tan bien se nos da a los padres: largar discursos.
Tenemos que saber que el objetivo es que nuestro hijo sepa controlarse, que respire profundamente, se calme, y ahí, en ese momento de calma, sepa encontrarse bien, a gusto consigo mismo y formando parte de los demás.
¿Suena ideal? Pues así tiene que sonar también nuestra voz. ¿Has probado a cambiar el timbre de tu voz ante tu hijo? Tienes que adoptar la voz más tranquila y dulce de la que sean capaz. Con los niños, y con los no tan niños,
a veces es más influyente el tono de voz que las palabras que digamos con esa voz.
Para ello tenemos que cogerle y hablar. Decirle que vamos a llegar a un acuerdo, que cuando nos encontremos mal, cansados, o enfadados, tanto él como nosotros, vamos a coger y decir: “necesito respirar”. Cerramos los ojos, y contamos hasta 30 en silencio. Tenemos que hacer varias pruebas, hasta que él se acostumbre al juego y lo reclame cuando vea que le hace falta.
Por cierto, mejor hacerlo por la nariz que por la boca. Y lo ideal es que con el tiempo, lleguemos a hacer
tres series de 30 segundos, variando la parte con la que respiramos: primero desde la tripa, después con el abdomen, y al final,
hinchando el pecho.
Seguramente al principio la cosa sea un poco complicada, pues esto de parar unos segundos a un niño es la gran batalla. Pero piensa en su utilidad: dicen los neurólogos que para que se nos queden los recuerdos, para que se ordenen y clasifiquen, necesitamos dormir.
Los descansos puntuales nos renuevan, nos equilibran, y eso es lo que vamos a hacer: tomárnoslos cuando nos apetecen.
Si tienes un niño movido, no lo dudes: esto le vendrá de fábula. Es un camino directo a que sea capaz de concentrar su atención en un sólo punto, desde su cuerpo hasta lo que tenga delante. Si te das cuenta, tranquilizarnos así nos ayuda a ver las cosas desde otro punto de vista, comparándolas y profundizando más en ellas.
Si le inculcamos estas técnicas al peque, ganará tanto con su carácter como con sus estudios.
Por eso, los ejercicios de parar y respirar, cuando ya los tengamos asentados, conviene que los vayamos completando con otros del tipo: ahora imagínate que vas por un bosque, o, como decíamos al principio, que te estás hundiendo en una nube. Algo que aporte calma, pero sobre todo, algo sencillo a lo que dirigir toda la atención.
Tenemos que educar la relajación primero, y luego la atención.
Algunos, además de escenas de este tipo, les gusta que en ese momento, después de respirar y relajarnos, repasemos cosas reales, que hayamos vivido en esos días, para que lo bueno se grabe más fuerte. Es una opción muy buena.
Pero para esa mente sana, es necesario un cuerpo sano. Hemos hablado muchas veces de la importancia que tiene el deporte para la salud, pero aunque sea imprescindible, hay otras formas de estar en contacto con nuestro cuerpo que no debemos dejar pasar. En muchos manuales de ayuda, siempre se vuelve sobre un punto: que tu cuerpo sea tu templo. Hay que cuidarlo, hay que mimarlo, y eso debemos inculcarlo en el niño.
¿Cómo? Pues con la ducha, primeramente. Si te das cuenta, cuando nuestro hijo es pequeñín, solemos tomarnos ese momento como una fiesta. Es un reencuentro con ese cuerpecito que hemos creado, un momento de alegría muy íntimo. Siempre debe seguir siendo así. El baño necesita su tiempo; no podemos acariciar nuestro cuerpo como si
estuviéramos limpiando la mesa, ¡y menos aún el de nuestro hijo, con lo que nos ha costado!
Un ejemplo del alcance que tiene el cuerpo con nuestra mente lo tenemos a la vuelta de la esquina... en nuestra espalda. ¿Sabes la proporción de adultos que se quejan de dolor de espalda? Es posible que ya desde el colegio te lo hayan advertido, sobre todo ahora que nuestros chiquillos tienen que arrastrar mochilas pesadas como vagonetas de una mina: este tipo de dolencias se combaten desde casa. Hay que vigilar al forma en la que el niño se sienta en la mesa, a estudiar, ver cómo camina...
¿Y qué tiene que ver eso con el Yoga? Pues todo, porque como hemos dicho, el yoga es la adecuación del cuerpo y de la mente, el equilibrio entre las dos esferas, y, aunque parezca que lo de la espalda es sólo un problema físico, como dice cierto dicho, cuando una planta crece torcida desde el tallo, luego enderezarla es bien difícil.
PERO, ¿Y LAS POSTURAS?
Si uno no tiene ni idea del Yoga y pasa por una sala donde lo estén practicando, la idea que se lleva es que aquello es un repetir mecánicamente las posturas que le va recomendando un monitor. Eso
es lo que se ve por fuera.
El sentido de esas posturas es, justamente, desde fuera, ir calmando nuestro interior. Pero
con un niño, estas cosas hay que ir practicándolas poco a poco. El principio es aprender a relajar,
aclamar, y después a concentrar, que es lo que hemos visto sin posturas. Si con lo ya dicho nos apañamos, podemos plantearnos ir un paso más allá.
Eso significaría meternos en el más puro y duro Yoga. Para ello debemos plantearnos las sesiones con cierta regularidad, no cuando nos apetezca a cada uno. Por ejemplo, podíamos hacer ejercicios de concentración justo antes de salir hacia el cole, durante diez minutos, siempre y cuando consigamos la utopía de tener esos diez minutos. Más fácil por ejemplo son los ejercicios de relajación, buenos para la tarde, cuando vuelva de clase.
También deberíamos encontrar un lugar ideal para ello, ventilado, abierto, a la vez que sea tan íntimo que nos de toda la seguridad que necesitamos para ponernos “en la postura de la abeja y del árbol”.
El truco, si nos ponemos a experimentar esto con los niños, es que lo vea como un juego, y para ello, la clave está en que nos entendamos bien con su ritmo y sepamos conducirle.
No podemos ponerle a repetir una postura que le fuerce y con la que ya esté aburrido. Tenemos que ir variando las posturas y moviéndonos, aunque despacio, a un ritmo en el que el peque no se aburra ni pierda concentración.
EN ESTE CAMPO, COMO EN OTROS, LA CULPA O EL MÉRITO ES NUESTRO. El sistema inmunodeficiente de nuestros hijos tiene un hueco que nunca se cierra: es el hueco por el que les podemos contagiar cualquier cosa si de verdad nos lo proponemos. Basta que nos
pongamos a irradiar alegría y optimismo, para que el niño se lo crea.