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Primera Infancia: de 0 a 6 años
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Críticas y halagos
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¿Dónde está la justa medida? |
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“Desde
luego hijo, eres
tonto. ¿Lo sabías?” De todas las
cosas que nos podemos decir unos a otros, las opiniones sobre los demás
son las más delicadas. Por una parte, para el que te suelta una crítica
quizás lo haga sólo porque tiene un mal día, o porque sí, porque le
apetece. Y sin embargo, a veces esas palabras llegan a la otra persona
como termitas que, sin que nosotros lo hubiéramos calculado, pueden
hundirla.
PERO POR OTRO LADO, los halagos pueden ser como empujones que te sacan de
donde sea. Así que si las críticas te invitan a andarte con ojo, las
alabanzas nos animan a andar alegremente por la vida diciéndole a todo el
mundo lo que pensamos de ellos, por su bien. Menudo lio.
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¿Cómo criticamos a la sangre de nuestra sangre?
La vida nos enseña constantemente que debemos ser
humildes y comedidos con nuestros juicios, pero, para qué negarlo, nos
cuesta horrores aprender la lección. Parece que hemos nacido para opinar
sobre lo que hace el vecino, el político, el niño, el compañero.
A poco que ya veamos nos envalentonamos y empezamos a
sentenciar un poquito. Y luego, cuando nos enteramos más de las cosas,
¿cuántas veces nos llevamos una sorpresa?
En esto con los hijos hay un problema. Un problema
enorme. Y es que los queremos como locura. Vamos al parque como
enamorados, diciendo que nuestro niño es el más guapo, el más listo, el
más simpático y hasta el más alto si nos ponemos. Pero luego, cuando “nos
traiciona” y se porta mal, entonces, ay, “este niño es la peste, yo ya no
sé qué hacer con él, no le entiendo”. |
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Esa es nuestra parte del problema. Como amantes que
somos, nunca podremos ser objetivos. Pero es que además, como
adultos, empujamos por la vida una serie de responsabilidades y agobios
que, a veces, como nos pillen en un día malo, nos volvemos más irritables
y criticamos con facilidad cosas que otro día nos callábamos. Es humano,
pero es demasiado complejo para un niño.
Porque nuestro hijo también tiene un problema: es un
inmaduro. Así, sin más. Y una de las cosas más inmaduras que tiene es
que se cree todo lo que le decimos sin darle muchas vueltas. No te
engañes aunque le veas pisar el parquet del salón: su auténtico suelo,
emocionalmente hablando, somos nosotros. |
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El cordón umbilical se lo cortan, pero nunca se rompe
del todo. A través de nuestros ojos y nuestro conocimiento, él aprende a
ver el mundo, a entenderlo. Nosotros le enseñamos lo que está bien y lo
que está mal. En cierta película decía un personaje que “madre es el
nombre de Dios en la boca de los niños”, y no es exagerado. Hasta que le
madure su inteligencia crítica (y por muchas situaciones que nos monte,
ésta conciencia no le crece de verdad hasta la adolescencia), hasta ese
momento, nuestra palabra para él es ley. Sí, aunque a veces le cueste
obedecerla.
Si le decimos lo que hace mal, él lo sentirá así. Una
crítica que le lancemos es una verdad absoluta, pero una alabanza le da
alas.
¿Es demasiado fuerte el daño que podemos hacer que
merece la pena estar callados?
Muchos padres, en su humildad, se lo plantean. Al fin
y al cabo, dicen, nadie tiene la verdad absoluta. “Yo tengo mis opiniones,
mis creencias, pero a lo mejor estoy equivocado, así que quizás lo mejor
sea que él crezca y vea las cosas”, así piensan muchos padres, sobre todo
en la adolescencia.
Esta forma de plantearse las cosas es muy propia de la
gente a las que, por encima de todas las cosas, intentan evitar
conflictos. Pero, ay, tener un niño no solo significa cambiar pañales.
También nos toca guerrear con él, implicarnos.
No se trata de hacerle la vida imposible. No se trata
de que tenemos la razón en todo. Y sobre todo, es verdad que nadie lo sabe
todo, y muchas veces nuestros hijos serán los que nos enseñen muchas
cosas. Pero hay una cosa que es cierta: él no ha vivido todos nuestros
años, no cuenta con el soporte de esa experiencia que hemos ido
acumulando. Eso, para alguien que está aprendiendo a vivir, es un tesoro
del que no podemos privarles.
Nuestra poca o mucha experiencia siempre le será de
ayuda, así que no podemos quitársela. Decirle que se equivoca, decirle que
está haciendo algo mal, puede que nos lleve a un enfrentamiento, pero es
necesario correrlo por su bien. |
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Entonces, ¿dónde está la justa medida?
Si fuera sencillo como las matemáticas, nos pasaríamos la
vida alabando al personal, dándole alas a nuestro churumbel para que cada vez
vuele más alto. Pero la vida es una hermosa cosa llena de complicaciones y al
final, de tanto subirlo por las nubes, el niño se nos puede despistar, caer y
hacerse daño.
Dice la ciencia que un mensaje nos llega más hondo cuanto
más inesperado nos parece. Si llega el vecino y nos dice que parece que va a
llover, en realidad lo que parece es que vamos a olvidar esa frase en breves
minutos. Pero si en cambio nos coge y nos dice que le acaba de tocar la lotería
pero que tiró el billete a la basura, entonces nos va a costar olvidarnos del
asunto. |
Las opiniones son un arma poderosa que, como todas las
armas poderosas, conviene dosificar. Nada de alabanzas ni críticas
constantes y gratuitas. En esto conviene ser selectivo, ver el momento oportuno,
y soltar la alabanza cuando menos se la espera. Y respecto a la crítica...
¿Cuándo se oye bien una critica?
Una buena crítica es el mejor tesoro que nos puede
hacer un amigo. Que alguien nos diga donde nos equivocamos, justo en el
momento en el que sentíamos que algo iba mal, pero no sabíamos por qué,
eso, de boca de un amigo, nos puede ahorrar muchas horas de tristezas
inútiles. Pero por otro lado, ¿cuántas veces nos han soltado, en medio de
una discusión, una verdad como un templo, pero que en ese momento nos
parecía una agresión intolerable?
Para esto de las críticas, como para las alabanzas,
hay que ser selectivo. Buscar un momento de intimidad, cuando el hijo
tenga las orejas bien dispuestas.
Sabes seducir a tu pareja? Buscas un sitio agradable,
le sorprendes, te ganas su relajación y su confianza, y entonces os abrís
y os contáis las cosas con toda la sinceridad y el afecto del mundo.
Pues lo mismo hay que hacer a la hora de criticar a un hijo.
¡Cuántas madres de hijos adolescentes se desgañitan,
día y noche, para decirle una vez más al “peque” que es lo que ha hecho,
otra vez mal! Y es que un adolescente, por propia definición, es un
tipo difícil de no criticar. Se vuelve contestón, insolente, y hasta
pretende tener ideas propias. Llega a casa, tira la mochila, va a lo suyo,
“pasa” de los deberes, y nos deja tirados por cualquier amigo.
¿Cómo contener nuestra pasión criticona ante semejante
actitud? Y sin embargo, conviene hacerlo porque si no nos pasa lo que el
refrán: perro ladrador, poco mordedor. ¡SomosPadres, no moscas que deban
estar al lado de su oreja, machaconamente!
Este debe ser nuestro mandamiento: hay que
buscarse, incluso en esas, una alabanza que soltarle por cada crítica.
Si no la balanza se nos descompensa. El equilibro es algo fundamental en
nuestra vida, y, por la misma razón, si le vemos excesivamente crítico
consigo mismo, debemos estar ahí para enseñarle todo lo que hace bien,
para compensar la balanza.
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RESUMEN EN CUATRO PUNTOS
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Las críticas y los halagos son armas de doble filo, que
tanto pueden ayudar y dar alas, como hundir a una persona.
En el caso de nuestros hijos, además, hay que tener mucho
cuidado, porque cuando son pequeños cogen nuestras
palabras y para ellos no hay más verdad que esa.
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Si criticas todo el tiempo, no te toman en serio. Y lo
mismo pasa si no haces más que alabar. Hay que ser
selectivo, y decir los halagos de forma imprevista. Sólo
así les impresionan y causan efecto.
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Con las críticas hay que tener cuidado, pero ser valiente.
Nuestros hijos necesitan de nuestra orientación para
entender el mundo, y eso implica que cuando hagan las
cosas mal, se lo digamos, aunque eso nos lleve a algún que
otro enfado. Lo mejor para decirle a un hijo que se ha
equivocado, como a cualquier persona, es buscar ese
momento en el que está relajado, confiado y abierto con
nosotros. Porque una crítica por muy razonable que sea,
dicha a destiempo puede llegar a los oídos de quien
escucha más como una agresión que como una ayuda.
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El equilibrio debe ser nuestro principio fundamental.
Incluso en sus peores épocas. Conviene decirle siempre un
halago por cada crítica que le hagamos.
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