Sabemos que eso de que el progreso trae su
ración de exceso, es algo más que una rima. Pero lo que no sabíamos es que
nos estamos cargando nuestra salud y la de nuestros hijos a base de hábitos
que, poquito a poquito y sin llamar la atención, se van metiendo en nuestra
casa.
Hablamos de comida y sus problemas.
En el tiempo de nuestros abuelos todo se
reducía a combatir la escasez con una manera de cocinar "bien
aprovechada" e ingeniosa. Pero nosotros vivimos en un mundo en el que basta
con entrar a un supermercado para encontrarse ante millones de cajas, bandejas,
bolsas, frascos y demás recipientes que contienen cosas que también llamamos
"comida". Desaparecido el hambre, ¿se acabó el problema? Ni mucho
menos. La abundancia también es un problema, sobre todo si no evitamos el
exceso con las mismas ganas con las que antes se huía del hambre.
Para (mal) ejemplo de esto, Morgan Spurlock, un
director de cine que decidió arriesgarse y, esperando que la publicidad dijese
alguna verdad, se puso a comer solo cosas del McDonald's, en el desayuno,
comida y cena. En treinta días, el resultado de este severo régimen fueron doce
kilos, pérdida de líbido, dolores de cabeza, depresiones, papada, y casi el
doble de colesterol.
Más que un extremo, esta rara hazaña parece
un síntoma de lo que vivimos. En nuestro país hay un 13% de obesos; pero en
los niños, aunque sean más pequeñitos y pensemos menos en que éstos
problemas les pueden afectar, ya hay un 16% de obesos y un 30% con sobrepeso.
Creer que
ellos están al margen de la obesidad es un error, no solo por la larga lista de
enfermedades que propicia éste exceso de grasas (alteraciones de la piel,
hígado graso, aumento del colesterol, diabetes, problemas de corazón y de
huesos...). Es que además, según Xabier Pi-Suñer, experto en éste
trastorno, una vez que se da, es muy difícil luego curarlo. Por haber, hay medicamentos
que intentan controlar los conductos del cerebro que nos llevan al apetito. Pero
el problema es que, cuando cierran uno de éstos caminos, suele salir otro por
un sitio distinto.
Y lo de las dietas milagrosas es mucho
más peligroso: según el doctor Basilio Moreno, del Hospital Gregorio
Marañón, hay ahora unas cien dietas que lo único que hacen es que el cuerpo
pierda kilos pero a base de eliminar el agua, no la grasa. Por eso lo normal es
adelgazar muy pronto en poco tiempo, pero después mantenerse. No solo es que no
sirvan para nada, es que además perder ese agua puede provocar problemas de
tiroides, intestino y colesterol.
¿Qué se puede hacer? Lo mejor según los
expertos es prevenir. Pero para ello hay primero que conocer esos hábitos que
pueden llevar a acorta la esperanza de vida de nuestros hijos.
Una de los caminos que llegan hasta éste
hinchazón del cuerpo está en el abuso de los bollos (sobre todo los tipo
palmera, o cuña), dulces y bebidas con gas y azúcar (coca-colas y
"zumos" con poco zumo). Éstas últimas además de llenarnos de calorías
y gases, son perjudiciales porque de alguna forma al tomarlas los niños le
quitan el sitio al agua o la leche, bebidas infinitamente más saludables. Para
evitar estos alimentos, por difícil y risueño que suene, tenéis que procurar
sacar tiempo por la mañana para desayunar en condiciones (leche, zumos de
verdad, tostadas, fruta, yogur...). Quedarse sin desayunar es
perjudicial, no solo porque se empieza el día sin la energía suficiente, sino
que además, en ese estado, se va creando un ansia de comer al que los productos
que puedan comprar luego los niños en el recreo no es la mejor solución.
Siguiendo por este camino de sustituir unos
alimentos por otros, también hay que vigilar que los niños tomen fruta,
legumbre y pescado que, a ser posible, no venga de piscifactorías, pues
tienen menos nutrientes.
Unir el ver la tele con comer, aumenta mucho el
riesgo. Debes evitar esta situación. Para ello no hay nada mejor que ir
acostumbrando a los niños desde pequeñitos a comer todos juntos en la mesa,
hablando tranquilamente. Los padres que consiguen amoldar sus horarios para
poder encontrarse en las comidas o en las cenas acabarán encontrando que ese es
uno de los mejores momentos del día.
Además es fundamental que el recurso a la
consola no se convierta en la respuesta automática que se lleva todas las horas
de ocio. La obesidad crece junto a la vida sedentaria. Está bien ver la
tele, ir al cine, jugar, leer, o ir al circo juntos, pero debéis sacar tiempo
que vuestro hijo realice alguna actividad divertida y que la haga sudar. Para
ello es una buena solución animarle a que practique algún deporte.
Un comportamiento muy nocivo y habitual es el
de recurrir al picoteo cuando hay nervios, enfado o estrés. El por qué
tomamos ésta medida se encuentra en la beta-endorfina, una sustancia que se
libera en el cerebro cuando comemos con ansiedad y que nos alivia temporalmente.
Si observas éste comportamiento en tu hijo, háblalo, y explícale que aunque a
corto plazo pueda resultarle placentero, la comida no debe ser utilizada como
válvula de escape: está para cuando hay hambre. Debéis evitar las
situaciones que le lleven a tomar ésta salida, y encontrar juntos otra manera
de relajarlas cuando se produzcan.
Pero según los expertos, las medidas contra
ésta enfermedad deben llevarnos incluso a replantearnos la etapa de la primera
infancia. Para empezar, ahí están los beneficios de amamantar al bebé, que
así empieza con una nutrición equilibrada y sana. Pero además, los padres
caemos en la tentación de repetir comportamientos que nos vienen de esa época
de escasez, en la cual se nos decía que había que comer mucho para estar
sanos. Por norma general los pediatras no aconsejan forzar a los niños a
comer. Recomiendan esperar a que tenga hambre o intentar hacer que pruebe otros
alimentos. Es vital que en la evolución del niño se respete la idea de
comer solo cuando se tiene hambre (otra cosa es cuando rechaza una sopa
porque quiere por quinta vez patatas fritas).
A los niños que reciben paga hay además que controlarles
para que no se la gasten toda en chucherías. El gusto por las golosinas no
debe convertirse en una pasión, y para ello debes evitar utilizar de forma
sistemática el premio de la chuche si se porta bien.
La obesidad no es una enfermedad que se
contagie ni que venga por un accidente; se puede evitar muy fácilmente. Para
eso no hay más que vigilar un poquito las conductas de nuestros hijos.
Nuestro deber como padres es justamente ese: el de formar conductas sanas,
que favorezcan a nuestros hijos. Si éste trastorno se ha extendido ha sido
precisamente porque no hemos entendido que los niños están en una edad en la
que aprenden todo, también a comer. Y si no les enseñamos nosotros las
actitudes adecuadas, lo harán la televisión, la comodidad y las prisas.
La culpa de que se extienda está en el abuso
de los fast food, coca-colas, bollos, congelados, y, sobre todo, en que cada vez
los niños hacen menos ejercicio porque pasan sus horas ante la tele y el
ordenador.
Texto:
Ramón Muñíz Abad
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