Aprovecha
esta navidades para contarles cuentos a tus hijos. Es una forma de cariño y
comunicación mutua. Aquí te presentamos algunas ideas para que uses el tiempo
con ellos de la mejor forma.
El
Ángel de los Niños (Anónimo)
Cuenta una leyenda que a un angelito que estaba en el cielo, le tocó
su turno de nacer como niño y le dijo un día a Dios:
- Me dicen que me vas a enviar mañana a la tierra. ¿Pero, cómo
vivir? tan pequeño e indefenso como soy.
- Entre muchos ángeles escogí uno para
ti, que te está esperando y
que te cuidará.
- Pero dime, aquí en el cielo no hago más que cantar y sonreír, eso
basta para ser feliz.
- Tu ángel te cantará, te sonreirá todos los días y tú sentirás
su amor y serás feliz.
-¿Y cómo entender lo que la gente me hable, si no conozco el extraño
idioma que hablan los hombres?
- Tu ángel te dirá las palabras más dulces y más tiernas que
puedas escuchar y con mucha paciencia y con cariño te enseñará a
hablar.
-¿Y qué haré cuando quiera hablar contigo?
- Tu ángel te juntará las manitas te enseñará a orar y podrás
hablarme.
- He oído que en la tierra hay hombres malos. ¿Quién me defenderá?
- Tu ángel te defenderá más aún a costa de su propia vida.
- Pero estaré siempre triste porque no te veré más Señor.
- Tu ángel te hablará siempre de mí y te enseñará el camino para
que regreses a mi presencia, aunque yo siempre estaré a tu lado.
En ese instante, una gran paz reinaba en el cielo pero ya se oían
voces terrestres, y el niño presuroso repetía con lágrimas en sus
ojitos sollozando...
-¡Dios mío, si ya me voy dime su nombre!. ¿Cómo se llama mi ángel?
- Su nombre no importa, tu le dirás : MAMÁ.
El
niño que lo quiere todo (Sheila García González)
Había
una vez un niño que se llamaba Jorge, su madre María y el padre Juan. En el día
de los Reyes Magos se pidió más de veinte cosas. Su madre le dijo: Pero tú
comprendes que… mira te voy a decir que los Reyes Magos tienen camellos, no
camiones, segundo, no te caben en tu habitación, y, tercero, mira otros niños…
tú piensa en los otros niños, y no te enfades porque tienes que pedir menos.
El niño
se enfadó y se fue a su habitación. Y dice su padre a María: Ay, se quiere
pedir casi una tienda entera, y su habitación está llena de juguetes.
María dijo que sí con la cabeza. El niño dijo con la voz baja: Es verdad lo
que ha dicho mamá, debo de hacerles caso, soy muy malo.
Llegó la hora de ir al colegio y dijo la profesora: Vamos a ver, Jorge, dinos
cuántas cosas te has pedido.
Y dijo bajito: Veinticinco. La profesora se calló. Cuando terminó todos se
fueron y la señorita le dijo a Jorge que no tenía que pedir tanto. Cuando sus
padres se tuvieron que ir, Jorge cambió inmediatamente la carta, aunque se pidió
quince cosas. Cuando llegaron sus padres les dijo que había quitado diez cosas
de la lista. Los padres pensaron: Bueno, no está mal.
Y dijeron: ¿Y eso lo vas a compartir con tus amigos?
Jorge dijo: No, porque son míos y no los quiero compartir.
Se
dieron cuenta de que no tenía ni Belén ni árbol de Navidad. Y fueron a una
tienda, pero se habían agotado. Fueron a todas partes, pero nada. El niño
mientras iba en el coche vio una estrella y rezó esto: Ya sé que no rezo
mucho, perdón, pero quiero encontrar un Belén y un árbol de Navidad. De
pronto, se les paró el coche, se bajaron, y se les apareció un ángel que dijo
a Jorge: Has sido muy bueno en quitar cosas de la lista así que os daré el Belén
y el árbol. Pasaron tres minutos y continuó el ángel: Miren en el maletero y
veréis. Mientras el ángel se fue. Juan dijo: ¡Eh, muchas gracias! Pero, ¿qué
pasa con el coche? Y dijo la madre: ¡Anda, si ya funciona! ¡Se ha encendido
solo! Y el padre dio las gracias de nuevo.
Por fin
llegó el día tan esperado, el día de los Reyes Magos. Cuando Jorge se levantó
y fue a ver los regalos que le habían traído, se llevó una gran sorpresa. Le
habían traído las veinticinco cosas de la lista. Enseguida, despertó a sus
padres y les dijo que quería repartir sus juguetes con los niños más pobres.
Pasó una semana y el niño trajo a casa a muchos niños pobres. La madre de
Jorge hizo el chocolate y pasteles para todos. Todos fueron muy felices. Y colorín,
colorado, este cuento ha acabado.
El Pequeño
Árbol de Navidad (Anónimo)
Hace mucho tiempo, durante una
guerra terrible que asolaba los campos y las ciudades, una madre y sus dos hijos
pequeños, vivían en una casita, cerca de un bosque. El padre de los niños
estaba en la guerra y ellos siempre estaban tristes pensando en él. Eran malos
tiempos. Los soldados pasaban y se llevaban todo lo que habían plantado en el
huerto, sus gallinas, sus cerdos y cualquier otra cosa comestible que
encontraban. Si, eran muy malos tiempos. Por suerte tenían buenos vecinos y se
ayudaban mutuamente en lo que podían. Pero las guerras no solo son duras para
las personas. También son muy malas para los árboles. Todos los bosques
alrededor de la casa habían sido heridos por el fuego de los cañones, o
cortados para hacer hogueras que calentasen a los soldados. Cerca de la casa de
Ana y Juan, que así se llamaban los niños de nuestra historia, una gran
batalla había destruido todos los grandes árboles, pero un abeto joven seguía
intacto. Era tan pequeño aún, que las balas de cañón le habían pasado por
encima sin tocarlo.
El pequeño abeto se había
puesto muy triste al ver a sus mayores morir de forma tan cruel. Él ya sabía
que el destino de todos los árboles es morir algún día, pero después de
haber ayudado a las personas de muchas maneras. Ayudando a que construyeran sus
casas, sus muebles o siendo mástil de un gran barco de guerra. "¡Eso si
sería un bonito destino.!", pensó el pequeño árbol. Imaginó las velas
que él sustentaría firmemente, incluso en la peor de las tormentas, y como los
marineros alabarían su entereza y gallardía. Pero él era demasiado pequeño
para eso aún. Pensaba, asustado, que la guerra podía terminar sin que él
hubiera podido hacer nada útil. Nadie parecía darse cuenta de su existencia,
hasta que una mañana, vio que una mujer y dos niños se aproximaban. La niña
tosía mucho, pero el niño y su mamá parecían bastante fuertes. Se le
acercaron decididos y para deleite del árbol, la mamá saco una pequeña hacha
y cortó su delgado tronco. "¡Esto si que es una aventura - pensaba el
arbolito -. Quizá esta señora y sus hijos construyen barcos diminutos y me
usaran como mástil de uno de ellos...!". Juan y su mamá, pusieron el
árbol en una esquina del comedor de la casa, y lo colocaron bien
recto."¿Qué irán a hacer conmigo?", se preguntaba el abeto, pero
cuando vio que los niños cogían sus juguetes viejos y los colgaban de sus
ramas, y empezaron a decorarlo con pequeños trozos de cintas, comprendió que
se había convertido en un Árbol de Navidad.
Por un lado, no había mejor
destino que ser Árbol de Navidad, pero por otro, a él le hubiera gustado ser
un potente mástil que desafiara vientos y tempestades en medio de los océanos.
Como no tenía muchas opciones, decidió que sería el mejor Árbol de Navidad
del mundo. Enderezó sus ramas tanto como pudo, y cuidó de que no se le cayera
de ellas ningún juguete ni adorno, cuando la pequeña Ana, que apenas había
comido por culpa de la fiebre y la tos, se le acercaba, tambaleando un poco,
para acariciar sus verdes ramas. La mamá de Juan y Ana, a falta juguetes
nuevos, les contó esa noche bonitos cuentos de hadas y fantasmas, historias de
la Biblia y relatos de otras navidades pasadas, hasta que los niños se
durmieron El Árbol escuchó bien atento todas y cada una de las palabras, y las
recordó, porque los árboles tienen la mejor memoria de todas las plantas. No
son como la hiedra, que recuerda solo lo que quiere o como el césped, que se
olvida de todo. Aún estuvo unos días el Árbol en la esquina de la sala, pero
no vio a la pequeña Ana, que estaba en cama, muy enferma. Él quería ayudar,
pero todo lo que podía hacer era seguir sosteniendo los juguetes en sus ramas,
que por cierto, ya empezaban a dejar caer algunas de sus agujas, lo que le
producía un ligero dolor. Esa era la parte desagradable de ser un Árbol de
Navidad. Una mañana, Juan y su mamá, le descolgaron todos los juguetes y lo
llevaron al cobertizo. "No lo cortemos todavía", dijo Juan. La mamá
estuvo de acuerdo. Además no tenia tiempo para eso. Estaba siempre al lado de
Ana, que empeoraba.
El pequeño abeto levanto la
vista y vio una familia de ratones que lo miraba atentamente. "No pareces
muy bueno para comer", dijo el ratón mas joven. "Estoy de acuerdo -
dijo el Árbol, que nunca había oído hablar de ningún abeto que hubiera
servido de comida a los ratones - pero es posible que pueda ser bastante útil
como caliente cama para todos vosotros". Los ratones pensaron que era una
buena idea, y entraron hasta el mismo corazón del Árbol, refugiándose entre
sus ramitas. El viento fue muy fuerte esa noche y hacia mucho frío. Los
pequeños ratones estaban hambrientos y no podían dormirse. El Árbol recordó
a la mamá de Juan y Ana. "Yo no puedo darles comida, pero sé los mas
bonitos cuentos que nadie haya oído jamás". Y contó todas las historias
que escuchó contar a la mamá de los niños, hasta que los ratoncitos se
durmieron entre sus cálidas agujas. Y el Árbol también se durmió. Ya se
estaba secando y se sentía muy cansado. Dos días después, ya no quedaba leña
en el cobertizo. El padre ratón le dijo al Árbol; "Ellos te quemaran muy
pronto", "¡Ojalá pueda quedarme despierto el tiempo suficiente para
hacer un buen fuego...!", contestó el Árbol. La mamá de los niños entro
al poco rato y cortó el Árbol en pequeños trozos. En la sala hizo un gran
fuego, y trajo a la pequeña Ana junto al calor. "Dios quiera que rompa la
fiebre con todo este calor y el olor a pino que desprende este arbolito"!.
Y el Árbol que había escuchado esas palabras, ardió tan fuerte y tan caliente
como pudo, y de cada uno de sus trozos sacó hasta la última chispa del calor
que contenían. Al amanecer, la fiebre de Ana había desaparecido y sólo
quedaba un montoncito de cenizas del pequeño Árbol en la chimenea. Su destino
se había cumplido como el de todo Árbol. Siendo útil a las personas hasta el
final. Y más allá del final, porque nos dejó este bonito cuento.